domingo, agosto 31, 2008

Del rollo al bollo
Por: Alfredo Molano Bravo. El Espectador

Cuando el agua en botella se acaba en Unguía o en Necoclí es porque viene en camino un helicóptero blanco con azul, pequeño, ligero, silencioso, en el que a veces me informan llegaba un hermano de el Alemán, señor de horca y cuchillo de Urabá.

Pero cuando desde la noche anterior se va la señal de teléfonos celulares es porque –ya no cabe duda– viene Victoria Eugenia Restrepo Uribe, coordinadora nacional del Programa Presidencial contra Cultivos Ilícitos de Acción Social, conocida en la zona simplemente como Vicki-Vicki.
Viene a rumbear a la vereda La Reforma. Rumbea en forma: desde que pone pie en tierra hasta que alza el vuelo.

No usa el camuflado con que sale en una foto colgada en su despacho de Bogotá, tal como dicen sus amigas que hay, pero sí en traje de campaña: bluyines y camiseta estampada. La campaña, por lo menos la que hace a la luz pública, consiste en visitar a los reinsertados que, a veces con armas propias, a veces con armas de dotación y otras simplemente vigilados por una compañía de seguridad, aprenden a sembrar palma. Después, sin más, a la rumba.

No estoy seguro de que una de esas compañías de vigilancia no haya sido uno de los negocios de Don Felipe Sierra, enlace de Don Mario con don Guillermo León Valencia Cossio, hermano del Ministro del Interior y de Justicia y que, a diferencia de la Conchi, no quiere renunciar a su cargo, razón por la cual lo llaman la Concha. Vale recordar que Don Mario, tan perdido como don Vicente Castaño, es hermano de el Alemán, insigne palmicultor en Territorios Colectivos de Ley 70, y de Don Enrique, un ciudadano que tiene negocios varios en la región, amigo también, como Don Sierra, de Vicki-Vicki.

Don Sierra es, a su vez, enlace con el Indio una joya que logró ser sacado por sus protectores de los listados de extraditables que suele leer el Presidente en los Consejos de Seguridad. Lo sacaron con pinzas. Como con pinzas sacaron de la cárcel de Unguía a los testigos que declaraban contra Don Mario, el Indio y Don Sierra y terminaron mochados —figura que usa Don Sierra en sus veredictos telefónicos dentro de la hacienda Rancho Grande, cerca al río Tanela, tierra de los Castaño.

Contó Don Sierra con la ayudita del jefe supremo de la Policía Nacional en Antioquia, Córdoba, Chocó y territorios de ultramar, general Pedreros, que al día siguiente de aparecer untado en el negocio, optó por incautar una caleta con fusiles AK 47, toneladas de munición, estopines, cables y el consabido material de intendencia con que —declaró en la televisión— Don Mario iba a mochar a medio mundo.

Este Don Sierra es socio, como se dijo, de una impoluta empresa de seguridad privada —Control Total— que vende servicios al Doctor Ternura para cuidar nada menos que a Don Berna, hoy ocupado en negocios varios en Washington, y con seguridad a Don Job, canciller del comandante supremo del Bloque Cacique Nutibara ante el gobierno de Uribe. Todo hasta aquí, normal, regular y frecuente: la regla. Todo conocido.

Lo que complicó el cuadro y enrareció el ambiente en Casa de Nariño fue la llegada del fiscal Luis Moreno Ocampo y del juez Baltasar Garzón, invitados con ingenua perversidad por el fiscal Mario Iguarán a tomar nota de la forma ejemplar como funciona la justicia en Colombia.

No se sabe quién le dio la noticia al Jefe de Estado de la llegada de los ilustres visitantes. Sus más cercanos áulicos temblaban escondidos, Lina vive casi exiliada en Llanogrande, sus hijos andarían muy ocupados en la exportación de artesanías de Tuchín; Valencia Cossio, pues, difícil. Quizás el chicharrón le tocó a César Mauricio. Informado, el señor Presidente se salió del costal, rompió costuras, botó espumarajos. Temblaban las paredes, temblaba todo el personal de Palacio.

Al Presidente no le faltaba razón: la Corte Penal Internacional le tiene puesto el ojo o, como dicen, le respira en la nuca. El Presidente convocó a los medios. César Mauricio no podía tragar saliva del pavor; José Obdulio se frotaba las manos de regusto. Estalló el polvorín: la culpa la tienen —gritó Don Álvaro, palabra más, palabra menos— el borracho del magistrado Iván Velásquez, el corrupto del senador Petro y el alcahueta del senador Cristo.

Mientras tanto, el ministro Santos barajaba —y sigue haciéndolo las cartas que esconde bajo la manga y que una vez más pueden sacar al Presidente del bollo y apuntalarse él mismo como carta de recambio para 2010: una oreja del Mono Jojoy, un desembarco en Nicaragua, otro bombardeo a Ecuador. O un operativo diseñado por el propio general (r) Pedreros. Por lo pronto, el Ministro les echó mano a diez bandidos de Don Mario, cuatro de los cuales resultaron ser de esos héroes que sí existen.


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